"Pero de lo que nadie le había advertido es de que cada vez que dividimos, los sentimientos que puede albergar nuestro corazón son más pequeños."

lunes, 28 de enero de 2013

Crecer es aprender a despedirse y todo eso.

Todo el mundo dice que marcharse de casa es una de las cosas más fantásticas que puede ocurrirte a lo largo de la vida. Que dejar de calzar los patucos de mamá y aprender a atarte los cordones con doble lazada es una sensación tan increible... De esas que te hacen contener la respiración y consigues que tu pecho almacene todo el oxígeno que ni siquiera tu sabías que podía caber. Pero yo me niego a admitir esta verdad universal. No, no y no. Puede que esos patucos azules de la 32 que mi madre me compró en la última tienda que quedaba abierta en todo el pueblo estén ya muy desgastados. Vale. Eso puede que sea verdad, ¿pero por qué tengo que descalzarme y andar sobre unas zapatillas que, estoy segura, que me quedan grandes (y no sólo en los pies). Son feas, demasiado limpias, demasiado bien puestas y todos los 'demasiados' que puedan existir en este mundo.
Y todo el mundo dice que los extremos no son buenos, que se siente miedo en el borde de los precipicios (sobre todo si son escarpados) y que, además, cuando te compras unas zapatillas nuevas tienes que adaptarte a ellas, tienes que (re)andar otra vez y sobre todo aprender a atarte los cordones y mantener el equilibrio.
Bueno, he de decir que a mi los precipicios nunca me han gustado. Por eso aquí, a una hora de mi nueva vida y a tres segundos de volver a pisar mi felpudo 'de toda la vida' se me acaban de agujerear los calcetines y dicen que llueve en la ciudad.

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